Tiempo Ordinario

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo, 13 de septiembre de 2026

4 min de lectura

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Resumen de las lecturas de hoy en pocas frases.

Primera lectura

Eclo 27, 30 — 28, 7

El autor sagrado advierte sobre la gravedad del rencor y la ira, recordando que quien no perdona a su semejante no puede esperar la misericordia del Señor. Invita a pensar en el fin de la vida y en la Alianza divina para superar las ofensas.

Salmo responsorial

Salmo 102, 1-4. 9-12

Bajo la antífona «El Señor es bondadoso y compasivo», el salmo alaba a Dios por su infinita misericordia, pues no guarda rencor eterno ni nos trata según nuestras culpas.

Segunda lectura

Rm 14, 7-9

San Pablo subraya que la vida y la muerte del creyente pertenecen enteramente al Señor. Cristo murió y resucitó para reinar como soberano tanto de vivos como de muertos.

Evangelio

Mt 18, 21-35

Jesús enseña a Pedro la necesidad de perdonar siempre a través de la parábola del siervo despiadado. A pesar de haber recibido el perdón de una deuda incalculable, este servidor castiga con dureza a un compañero por una suma menor. El Señor concluye advirtiendo que seremos tratados con el mismo rigor si no perdonamos de corazón.

Palabra del Día

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo, 13 de septiembre de 2026

Evangelio: Mt 18, 21-35

La liturgia de este domingo nos coloca frente al misterio del perdón cristiano, que brota de la experiencia vi…

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Para llevar en el día

La liturgia de este domingo nos coloca frente al misterio del perdón cristiano, que brota de la experiencia viva de sabernos amados y perdonados por Dios. Reconocer la inmensa misericordia que el Padre tiene con nosotros es la clave para desterrar el rencor y reconciliarnos con el hermano. Leer con atención estos textos nos anima a abrir el corazón para vivir la caridad fraterna sin límites.

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Lectura completa

Los textos de las lecturas y del Evangelio de hoy, para leer con calma.

Primera lectura

Eclo 27, 30 — 28, 7

El rencor y la ira son abominables, y ambas cosas son patrimonio del pecador. El hombre vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de todos sus pecados. Perdona el agravio a tu prójimo y entonces, cuando ores, serán absueltos tus pecados.

Si un hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane? No tiene piedad de un hombre semejante a él ¡y se atreve a implorar por sus pecados! Él, un simple mortal, guarda rencor: ¿quién le perdonará sus pecados? Acuérdate del fin, y deja de odiar; piensa en la corrupción y en la muerte, y sé fiel a los mandamientos; acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; piensa en la Alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa.

Salmo responsorial

Salmo 102, 1-4. 9-12

R. El Señor es bondadoso y compasivo.

Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga a su santo Nombre; bendice al Señor, alma mía, y nunca olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas y sana todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura. R.

No acusa de manera inapelable ni guarda rencor eternamente; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.

Cuanto se alza al cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por los que lo temen; cuanto dista el oriente del occidente, así aparta de nosotros nuestros pecados. R.

Segunda lectura

Rm 14, 7-9

Hermanos:

Ninguno de nosotros vive para sí, ni tampoco muere para sí. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor: tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor. Porque Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de los vivos y de los muertos.

Evangelio

Mt 18, 21-35

Se acercó Pedro y dijo a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Dame un plazo y te pagaré todo". El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: "Págame lo que me debes". El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: "Dame un plazo y te pagaré la deuda". Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?" E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».

Textos tomados de la liturgia diaria publicada por Eucaristía Diaria , del Departamento de Liturgia del Arzobispado de Santiago. Los resúmenes y la reflexión son un complemento y no sustituyen a la celebración ni a la fuente oficial.

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